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Por la Segunda Independencia de Latinoamérica

lunes, 3 de agosto de 2015

Terrorismo contra un bebé




La violencia política es particularmente visible cuando sus víctimas son niños. Ahí están las más de 200 niñas secuestradas por Boko Haram en Chibok, Nigeria el 14 abril de 2014; ahí está también el ataque contra la escuela de Beslán -Osetia del Norte, en el Cáucaso ruso- diez años antes (2004) en el que perdieron la vida más de 170 niños; y ahí entran también los ataques recurrentes con armas de fuego en las escuelas estadounidenses (Columbine, 1999, 15 muertos; Virginia Tech, 2007, 33 muertos; Sandy Hook, 2012, 26 muertos, etc.) 


A esta lista se suma ahora la muerte del bebé de 18 meses de edad, Ali Saad Dawabcheh, quien murió quemado vivo como resultado de un ataque contra su hogar en Cisjordania por parte de colonos israelíes.

La muerte del bebé palestino provocó algo inusual: llamar las cosas por su nombre. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, dijo que el ataque era un “acto terrorista” (La Jornada. Jul. 31, 2015), Moshe Yaalon, ministro de defensa de Israel, señaló que “el incendio y la muerte del bebé palestino son actos de terrorismo”, el Departamento de Estado de los Estados Unidos a su vez calificó el hecho como un “vicioso ataque terrorista.” (Ver “Palestinian toddler burned to death by Israeli settlers in West Bank arson attack”, Middle East Eye. Jul. 31, 2015) y detrás de todos ellos, prácticamente todo el mundo se ha unido al coro y con razón.

Pero este crimen, particularmente atroz, no debe utilizarse para opacar otros no menos infames. Netanyahu, Yaloon y sus mecenas militares y diplomáticos en los Estados Unidos tal vez piensen que pueden usar la palabra “terrorismo” para calificar el ataque con la tranquilidad de quien se siente libre de culpa –después de todo, fueron “civiles” y no “oficiales” los perpetradores- pero están equivocados. La política de asentamientos que sistemáticamente impulsa el gobierno de Israel, que roba las tierras del pueblo palestino y que los expulsa de sus hogares -obligando a las víctimas incluso a pagar por la demolición de su propias casas- es la base sobre la que hay que leer la muerte del bebé palestino: los mismos colonos que se benefician de este proceso de despojo son también los que quemaron vivo al bebé.

Por el solo hecho de ser palestino en un tiempo y un lugar determinado, el bebé ya era una víctima antes de ser atacado en su casa y con su familia: su tragedia y su martirio fueron la ilustración individual de la tragedia y el martirio de su pueblo. ¿Habrían llegado tan lejos los colonos el gobierno israelí cumpliera su deber –tal y como dicta el derecho internacional- en tanto potencia ocupante, de proteger a los palestinos? Tal vez no, pero el hecho de que los colonos hicieran lo que hicieron es el resultado natural de que el gobierno israelí haga lo que hace: violar la ley. El punto aquí es que la tragedia que quitó la vida a Ali Saad Dawabcheh es sólo el episodio más reciente y más dramático de un proceso criminal que incluye el abuso, la tortura, el robo y el asesinato de un pueblo que por ser estructural es más “invisible” pero no menos letal ni trágico.

Las facciones radicales de algunos grupos palestinos ya han anunciado un incremento de la tensión. ¿De verdad se les puede culpar?


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=201762

EMANCIPACIÓN | Siglo XXI ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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